En un país donde lo nuevo y lo viejo viven una existencia de lo más paradójica pero armoniosa, dos cosas me resultaron fascinantes al visitarlo.
Uno: el mar de antenas parabólicas que pueblan esas magníficas terrazas de todos los hogares (al menos en las urbes), que nos habla de una sociedad y cultura bastante más “conectada” de lo que pudiéramos pensar.
Dos: que al preguntar a un marroquí de a pie por alguno de sus tesoros patrimoniales me respondiera con extrañeza: “¿Por qué quieres ir allí? Son sólo piedras”.
Tan cerca, tan lejos. Es una de las primeras sensaciones que uno tiene al aterrizar en Marruecos. Olores, colores y sensaciones que nos lleva de un paso al otro de lo más delicioso, a la cara más fea de nuestras percepciones. Ese encuentro entre dos mundos, entre dos tiempos, en ese país que no para, que mira hacia adelante y que, en cuanto a arte contemporáneo, no parece tan distinto.